El Hospital huele a muerte. Ese es el problema al ingresar a esos lugares, donde la parca con su hoz ronda las habitaciones silenciosamente, esperando su recompensa. La entrepierna olía a muerte, pero nadie lo sabía tampoco. El país entero huele a muerte, pero ninguno de los millones de habitantes que está parados en este vasto territorio lo sabe.
Las enfermedades van consumiendo lentamente, se anidan en el centro de la gente, como si se instalarán a vivir en ellos, pero sin pagar la renta. Y casi imperceptibles, los dejamos pasar, vivir , y morir con nosotros. Ese es el problema de vivir rodeado de muerte: perdemos todo sentido que nos permite notar la miserableza de la condición humana.
A veces creo que he perdido la mía. Cuando salgo de lugares como esos, o quedo impávida ante la muerte, siento que mi corazón ha cambiado a coraza, y el viento helado de la noche no me toca.
Y la mano que me toca, la palabra, se pierden como en un desierto árido y triste. Ese es mi problema al ingresar a esos lugares donde la impavidez está en todos lados. Salgo untada de ella, y así quedo por varios días.
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