Contengo la respiración mientras que me sumerjo en lo mas hondo de la piscina olímpica, contengo las ganas de llorar, de gritar de patalear frenéticamente, y despojarme de la rabia que cargo dentro. Sumergirme en mi paz interior y aunque corra el riesgo de ahogarme en mi desesperación.
No creí volver a un hospital, tan acongojada como lo hice, menos aun por la puerta de emergencia, iluminada por una cruz roja casi invisible , que me da una vaga idea de lo gastado que esta por el tiempo. Me enerva y quiero correr a la salida , pero ya se notan los enfermos en la entrada de emergencias y desisto.
Las camillas desperdigadas sin orden ni querencia, desestabilizan mi paso, veo a gente cada vez más enferma en cada camilla que supero. Aprieto mi puño bajo mi campera, una gota fria recorre mi espalda cuando llego a la camilla 23, si el enfermo de la camilla 23, mi abuelo, que ahora sonrie con una sonrisa inocente, risueña y de cortesía. Pregunta balbuceando
-¿quien eres?- Mientras que doy un paso, inconsciente, para atrás.
-No sabes quien soy?-Pregunto mientras tiemblan mis manos.
-Pues, no.
Las lagrimas nunca se sintieron tan ácidas, ni tan mágicas, no las veía pero sabia que me empapaban entera, me ahogaban en una utópica simulación de una ola aguerrida que arremete contra ti, hasta derribarte. Mi estabilidad externa era incomprensible, y mas aun mi silencio apacible y sereno.
Solo atisbe a darme la vuelta y hablar con la enfermera, preguntar su irremediable estado de confusión y perturbante divagación. Si puedo retirarme, y cuando puedo volver, si volveré a sonreír con el , o solo faltan milésimas de segundos para que un desenlace doloroso erradique cualquier futuro de su plan de vida; -Si- responde tosca, y estática la enfermera-puedes verlo mañana y no te preocupes- concluye.
Doy marcha hacia adelante, no me perturba nada, ni nadie, el aire es algo subjetivo en la imagen que represento ahora, el coche se hace siglos de aquí. Tan lejano como la idea que deje colgando en el espejo retrovisor cuando sonreía y cantaba feliz. Tan lejanos que parecen ajenos.
La noche transcurre callada y egoísta.
La mañana atiborrada de dudas y febriles ánimos pendiendo de un hilo.
En la tarde concurro otra vez a ese muladar de inexpresiva soledad e inconclusa muerte; que siempre se me antojo el peor lugar para morir. Ingreso por el pasadizo que me trae vértigos, llego a la camilla 23 que hoy se encuentra vacía, su vació crea uno mas grande en mi interior, me empuja a los costados de mi mente, busco donde perdí a mi abuelo, en mis recuerdos, busco y no encuentro una respuesta coherente a su paradero. las enfermeras que miran mi estatica posicion frente a esa camilla vacía me comunican que le dieron de alta, puesto que su caso es algo psicológico y no físico.
Salgo de golpe del fondo de la piscina, salgo sollozando cubriendo mis lagrimas de agua con cloro.
Esa tarde murieron lo enfermos de las camillas 22 y 24.




