Comencé a tejer un nido.
En ese nido metí todo lo que salía de mi cabeza; dulces a granel que le quería compartir, una uña que se me rompió en el proceso, un suspiro que solté al pensar en que quizás aceptaría vivir ahí, una vida vagamente estructurada, unos pasos bien chistosos y disparejos que usaríamos, un suelo donde poder tirar la ropa, agua que siempre estuviera caliente, tizas y pinceles para colorear, una risa que se activa por cosquillas, un mal carácter que se quiere arreglar, chistes mal contados, bailes mal bailados, mañanas que duran hasta las siete de la noche, sueños con tatuajes en la espalda y pasto de colores.
Terminado el nido le coloqué un cielo, y en ese cielo puse una luna que se convertiría en sol, y otra vez en luna y de nuevo en sol.
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